En Tucumán todos deberíamos ser acusados de sedición. Pasaron dos semanas desde que la provincia quedó en manos de saqueadores. A la misma hora a la que usted está leyendo esto, hace 15 días, seguramente sentía un escozor ante la posibilidad de ser víctima del saqueo (o del robo, para decirlo literalmente) de parte de los delincuentes que se habían apropiado de la provincia. Pero los tucumanos se levantaron en armas. Y quisieron voltear al “gobierno”.
Luego de varios días de análisis no queda dudas de que el 8, el 9, el 10 y hasta el 11 los que estuvieron al mando de la provincia no fueron quienes habían sido elegidos por el voto popular en Democracia. Ni José Alperovich, ni los hombres que lo rodean estuvieron presentes durante esos días. Se refugiaron en sus respectivas residencias, o en Casa de Gobierno, demasiado bien custodiados. Y permitieron que los delincuentes tomaran el poder. Primero, los hombres y mujeres que están siendo investigados por delitos y que se sublevaron en la Jefatura (motivados por ex policías que lo único que pretenden es volver a ostentar el poder que habían perdido) y luego los delincuentes que, muchos casos en complicidad con los primeros, salieron a la calle a apoderarse de lo que no es suyo, a destrozar y a provocar el terror. Contra esos dos, se levantaron los tucumanos. Y dejaron bien claro que el Gobierno es de ellos. Y que en Tucumán lo del Gobierno del Pueblo y para el pueblo no se cumple.
Ya sabían en las altas esferas políticas lo que iba a pasar. Y sabían que no lo iban a poder detener. Entonces, hicieron lo que no se debe. Se quedaron inmóviles (más allá de haber tenido tiempo de sacar los autos de las concesionarias), callados, atemorizados. Y el mundo se les vino abajo. A pesar de esto, la pasaron mejor que los simples mortales. Aquellos que tuvieron que armarse hasta con rastrillos de plástico para intentar repeler la agresión inminente de las hordas.
La Policía en Tucumán se fundó en 1565, con Diego de Villarroel. ¿Qué es lo importante de esto? Que tiene más años que la Legislatura y que la Justicia en la provincia. Y por ende manejar a una fuerza de casi 9.000 hombres nunca es fácil. Menos si no se quiere. Seamos sinceros: en la subjefatura había, como mucho, unos 200 hombres y mujeres. ¿Dónde estaban los otros 8.800 mientras los tucumanos eran víctimas de los saqueadores? No les importó. No quisieron intervenir. Y Tucumán fue tierra desolada.
La salida del ex jefe de Policía, Jorge Racedo, parece hoy anecdótica. Al hombre que en su momento reemplazó a Hugo Sánchez lo corrieron sus propios subordinados y no los delincuentes que a diario roban y asaltan en nuestro Tucumán. Hable con cualquier vecino y le contará algún incidente relacionado con la seguridad que lo tuvo como víctima. O al menos conoce a alguien que lo padeció. Nadie se salva.
Y para peor, el Gobierno tuvo que soportar en los últimos días que salieran a la luz los tremendos desmanejos de la investigación por la muerte de Paulina Lebbos que, más que salpicar, enchastró al poder político hasta en las más altas esferas, con el ex ministro de Seguridad Pablo Baillo declarando en Tribunales. Allí, de frente, varios ex funcionarios se tiraron munición gruesa para tratar de salvarse. Pero dejaron en claro que hubo una red de encubrimiento en torno al caso que no se justificaría si no se hubiera pretendido proteger a alguien importante.
Y mientras tanto, a los tucumanos no les queda otra que hacer todo lo posible para cuidarse solos. Ni el gobierno, ni la Policía saben dar respuestas. Los delincuentes aprovechan eso. Ladrones contra ciudadanos. Y se sabe que en la selva sólo sobrevive el más fuerte.